¡Quieran Oirlo los Hombres!

Conversaciones sobre Antroposofia

Shakespeare, Cervantes y su obra

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Es difícil, pero es lo más aconsejable, cuando pretendemos tratar una época alejada en el tiempo; intentar, sin escatimar esfuerzos, de empatizar con ella. Intento que, para no conducirnos a equívocos  lamentables, se hace imprescindible y necesario. Por ello si queremos reconocer, no en toda su extensión (eso es imposible) el ambiente social, ético, político, estético y religioso que rodeo a un autor, es necesario que tratemos de recuperar, en la medida de lo posible, la sociedad en la que se desenvolvió y la que, muchas veces como su consecuencia, hizo posible la obra universal.

En el caso que nos ocupa, y sólo desde esa perspectiva, podemos descubrir las fuerzas de cambio que están operando en ese tejido social y que avivan la capacidad imaginativa del autor. Imaginación creativa que hace posible la aparición de personajes identificados con los problemas de sus siglo y que, surgidos de ellos, expresan sentimientos, pensamientos y acciones que serían imposibles en otras circunstancias.


Para hablar de la obra de Cervantes o de Shakespeare esta meditación, antes de entrar en contacto con sus personajes, se hace imprescindible. En el caso de Cervantes es crucial, ya que para llevar su Quijote al mundo necesitaba un nuevo tipo de expresión. Algo novedoso en lo que se pudiera pronunciar lo que se estaba cociendo en la olla a presión que fue su vida y su entorno. Nada más, pero nada menos, que la aparición de un nuevo tipo de hombre con una perspectiva más individual y subjetiva. Eso en un medio todavía caótico en el que aún esa realidad no se había asentado, presentando, en aquellos momentos, una situación indefinida, borrosa e imprecisa. En esa amalgama aparece Quijote que quiere dejar de ser personaje, para convertirse en persona. En Héroe. Para ello es necesario un  nuevo tipo de comunicación. Ni es posible la tragedia donde los hombres son guiados por fuerzas externas a ellos. Ni tampoco la comedia donde se trivializa la acción convirtiéndola en caricatura. Se hace necesaria una nueva forma de expresión, algo que, uniendo ambas contingencias, las supere dando carácter a una nuevo contexto en el que, sean posibles, los movimientos del nuevo tipo humano que está alboreando en el marco de la historia. Un género donde se pueda explorar más allá de la realidad y donde la genialidad del autor se haga presente en la narrativa. En la exposición. Donde las circunstancias sean el motivo de lo inesperado y no el resultado de lo previsto. Así desde esa nueva técnica perspectivista aparece, como reflejo de una realidad latente, la novela.

Quijote es consecuencia de su tiempo. Más para que viera luz fue necesaria una imaginación poderosa que lo hiciera posible. Al filo casi del precipicio donde lo desatinado pudiera mostrar su verdadera naturaleza. Un Héroe, surgido de una pluma novedosa, de una acción desmedida y fuera de contexto donde todo está ordenado menos Él. Por eso cuando el mundo externo digiere a Quijote. Se hace personaje literario y deja de ser persona. Individuo. Entonces es cuando aparece la segunda parte de la obra. Genialidad sobre genialidad y aviso para un futuro que hoy estamos sufriendo. Cuando el Héroe es asimilado pasa a ser objeto y no sujeto de la acción. Esa postración es la que le hace volver a la cordura y a la muerte. Pero, ¡ojo!, consciente de quién es, pero todavía más, de quién ha sido.

Cervantes, él mismo lo aventura en algunos pasajes de su obra, hace inspirador de su tarea a Cide Hamete Benengeli. Inquietante nombre si atendemos a su etimología (Cide: árabe, Señor. Hamete: (hemete, del hebreo) Verdad. Ben: (del hebreo) Casa, Hijo. Engeli: (angeli, del latín) Angel. “Señor de la Verdad Hijo (o de la Casa) del Ángel”. Todavía se hace más enigmático el mensaje si reconocemos que el vocablo Quijote, también de origen hebreo (Qoshet), significa Verdad. El inspirador de la Verdad y el ejecutor de Ella en la Tierra. Nos viene a decir Cervantes que quien le dicta su novela no es otro que el Espíritu del Tiempo. Que Quijote es fruto de las necesidades de su época. Que es un manual para el hombre moderno. Que trasciende el puro entretenimiento y que necesita del lector desocupado para su entendimiento. Pues así empieza su obra. Para el lector desocupado. Aquél que no está ocupado por otros menesteres y tiene un hueco para llenarlo con las esencias del nuevo mensaje.

Sin embargo tanto Shakespeare como Cervantes han sido calificados de iletrados y de poco doctos y leídos. En el caso del inglés se ha dudado hasta de que sea el autor verdadero de su obra, al ser considerado por algunos como casi un bárbaro. Desde esta perspectiva se ha tratado de desacreditar al autor, en un caso desde el escaso bagaje intelectual y en el otro, por el mismo motivo, hasta desautorizarlo como creador de su obra. Los que así opinan pierden de vista la capacidad de observación y la empatía con las actitudes coyunturales de su época, que puede desarrollar el hombre desde sí mismo. De la profundización y el conocimiento de las ideas filosóficas, políticas y religiosas que se pueden alcanzar desde esta perspectiva. Todo ello unido a la genialidad creadora, hija si no de una sólida formación, si de un interés y una preocupación por su entorno, hacen posible el fruto de algo prodigioso. El error comienza cuando el crítico actual, según su correa filosófica o política, quiere trasladar sus teorías modernas a aquel tiempo. Entonces surgen las aberraciones más monumentales (como la de aquel marxista que dijo que el Quijote era el resultado de las relaciones de producción existentes en la época). Absurdas conjeturas que pierden de vista al autor relacionado con su mundo, no con el nuestro. Abstraerlo de él para colocarlo en actitudes nacidas de principios teóricos actuales no puede llevar a ningún lugar seguro. Quijote vivió una época profundamente religiosa y monárquica. Y sólo desde el convencimiento de que esto es así se puede entender la crítica a esas instituciones. Igual que no se puede separar a Fausto de su ambiente o a Hamlet de la marejada religiosa y política de su entorno, no podemos obviar en Cervantes la solidez de sus convicciones, tampoco el talante de su crítica que nace desde esos principios. No de otros adosados por interesadas tendencias.

Para que estos personajes vuelvan a incardinar en nuestro ambiente debemos de tener en cuenta el estado espiritual en el que nacieron, frutos de un tiempo que poco o nada tiene que ver con el que hoy ¿padecemos? Si pretendemos lo contrario, o dejan de tener sentido para nosotros, o los situamos en un contexto que no es el suyo, sólo guiados por el interés de hermanar al personaje con nuestros intereses particulares.

Quijote mirado desde ese balcón se transforma, como diría Ortega, no sólo en la deslumbrante obra literaria, también en un problema de destino. En una figura que trasciende la ficción para ser un elemento que en torno a la voluntad de su esfuerzo y la ética de su comportamiento, aúne a los españoles en un nosotros que desentrañe la España oculta que late debajo de sus cenizas. Para encontrarla no en la idea imperial, advenedizo germanismo gótico, sino en aquello que consustancial con este pueblo tiene que ver con hilo vital y que viaja con nosotros en la continuidad del tiempo, sin, invidentes, capaz de reconociéndolo reconoceros. En ese encuentro sólo encontrará España la plenitud de su existencia.

En renglones torcidos para el lector “ocupado” se desliza en Quijote la pedagogía de lo español. Esa que con su despertar alumbra un nuevo estilo de vida para las Españas, lejos de la tradición decimonónica castrante y lesiva que coloca arena en los engranajes de la posibilidad.

Esta misma eventualidad sirve para Europa, inmersa como ha demostrado la ineficaz y clasista E.U. imbuida en un nacionalismo decimonónico, egoísta, clasista y lesivo. Hay que hacer nacer bajo esa misma perspectiva a la Nación Europea. Para ello debemos de fijarnos y aprender de las diversas figuras literarias que han aparecido en el concierto continental; unidas, todas ellas, por el mismo cordón umbilical. Construir esa sólida cementación en las aulas desde las de las escuelas de primaria hasta las universitarias. Temas de debate y de investigación en unas universidades que languidecen y divagan entre la frustración y el aburrimiento. Formas culturales, nacidas de esas interpretaciones, que representen, desde la continuidad de una misma línea argumental, la forja de una comunidad cultural fruto de una identidad común agazapada y potencial. Aquí está el único futuro unido y próspero de una Europa que desde sus comienzos, pese a todas sus desventuras, desavenencias y descalabros frutos de una familia, en principio, mal avenida, late como elemento ordenador y formativo.

En Quijote y en Hamlet, pese a lo mucho que han sido investigados, sigue palpitando su secreto. Inédito corazón que sólo se desflorará por la acción y la inteligencia. Espiritualidad que espera ser encontrada para ser caudal y no estanque. Sigue encerrado el misterio en su bola de  cristal. Y sólo verá la luz cuando el hombre, encontrándose consigo mismo, halle en su interior la puerta que abre lo arcano. El fruto prohibido, tantas veces perseguido y nunca alcanzado.

Shakespeare domina como nadie la problemática del hombre consciente, atribulado, ante la nueva herramienta puesta en sus manos. En él aparecen casi, sin solución de  continuidad, los pensamientos más altos y sublimes junto a los más bajos y abyectos. Trata de  forma esclarecida tanto los embates de los impulsos oscuros, como los claros y diáfanos que conviven y se pelean en revuelto contubernio en el atormentado ser humano. Convertido en campo de batalla de los sentimientos más encontrados.

Problema todavía no solucionado. Sin embargo como en Cervantes hay una clara pedagogía. Un ejemplo del comportamiento humano distorsionado que, pese a la aguda inteligencia, es incapaz de mostrarse ordenado y eficiente. Nos invita, como reflexión moral, a interpretar cómo el hombre debe adquirir responsabilidad, toma de conciencia, ante las consecuencias que acarrean sus actos. Este es el gesto de los nuevos tiempos que adelanta el genial inglés y que debe ser incorporado al bagaje cultural de la nueva época.

Si entendemos, siguiendo a Kierkegaard, que la “fantasía es reflexión”, penetramos en un mundo donde las “visiones” de Hamlet y de Quijote se transforman en materia de estudio. En posibilidades que pueden conducir, bien a la comprensión y al conocimiento, bien a perdernos en oscuros laberintos que conducen a la destrucción.

Mientras, contemporáneos con estos autores, en Europa aparecen ejemplos quijotescos y hamtlerianos en personajes como Galileo y Giordano Bruno. La ficción es más real de lo imaginable. Pero también, en el lado opuesto, como doble del mensaje literario, surge en Bacon la terrible frase “saber es poder”. La contraimagen, el negativo, del esfuerzo constructivista de Cervantes y Shakeaspeare. El saber como fuente de la búsqueda de lo universal, frente al conocimiento como predio individual al servicio de lo particular como manantial envenenado de poder sobre los demás.

Abandonado el primer camino, el de la voluntad y la búsqueda; Europa tomó el segundo, el egoísta y materialista. En él se explican la Guerra de los Treinta Años y la ambición de poder y superioridad política o de raza que tantos millones de muertos ha costado al continente. Aparece la ambición de dominio conquistado a través del uso fraudulento del oro. Del dinero. Del deseo de autoridad. De esta forma la sociedad se radicaliza y se divide en dos grandes bandos: los que buscan el enriquecimiento y lo consiguen y, aquellos otros, que se quedan en el intento y viven de las migajas del festín de los otros. El enfrentamiento entre ambos ha sido el motor de la historia posterior a estos acontecimientos. Oposición no con el deseo de encontrar una nueva forma de convivencia donde quepan todos, sino con el deseo de prevalecer sobre el otro. De vencerlo, subyugarlo y si es preciso eliminarlo. El valor moral de Hamlet, como paradigma del hombre perdido, pero en busca (duda) de una verdad, aunque momentánea redentora, se ha esfumado en el canasto del tiempo desaprovechado. Sus desvíos y desvaríos no son tomados como ejemplo a solucionar. Como didáctica de vida. Todo lo contrario, la inteligencia a través del poder conquistado como consecuencia del empeño puesto en hacer dinero, se enfrenta con la posibilidad de entenderlo como provocador de conciencia a través de su uso correcto. De la mala relación experimentada con el dinero surge un mundo de clases. Del deseo de no ser desbancado del lugar de privilegio alcanzado, el uso del poder como elemento coercitivo. De ahí llegan las tempestades que hoy vivimos y soportamos sin capacidad de reacción.

Hay que definir la vida y entenderla desde su punto de vista correcto, no hacerlo desde aquel cualquiera que interese. En un momento en el que todo es cambiante y pantanoso, relativo y discontinuo aparecen las figuras de Shakespeare y Cervantes. Cervantes la enfrenta a través de la distorsión de la realidad como única forma de enfrentarse a lo insólito y desconocido del nuevo escenario donde desarrollan los acontecimientos. ¿Ejércitos o ganado? ¿Molinos o gigantes? ¿Pellejos de vino o monstruos? ¿Vacía o yelmo de Mambrino? ¿Ejércitos o rebaños de hombres amaestrados? ¿Molinos o técnica sin control? ¿Pellejos de vino o monstruos engendrados en la desavenencia, la soberbia, la vanidad o la envidia? ¿Vacía o el yelmo solar redentor? Shakespeare reacciona con un héroe trágico imbuido de un halo de inseguridad y desamparo en el que se escenifica, con toda su intensidad y dramatismo, la tragedia del hombre moderno. Los dos, el Héroe y el antihéroe, tienen que enfrentarse a la realidad de su fracaso. ¿Más acaso el fracaso no es el portador de la experiencia necesaria para, desde la autorreflexión y la voluntad, levantarse y convertirse en directores de su destino?

Por eso uno y otro son inmunes al paso de los tiempos y su ejemplo intemporal se inscribe en el acerbo cultural europeo. Lo que hay en ellos de decisión, de duda, de introspección, de búsqueda de una nueva conciencia, de profundizar en su alma, de tratar de describirse en un caso y de explicarse en otro, de encontrar sentido a sus actos. . . es el mismo drama del hombre del siglo XXI. Está inscrito en los registros del Espíritu de Europa. El tiempo se desliza, pero no empaña el brillo de su Alma. Son los instrumentos necesarios para desvelar el verdadero rostro de un continente que, si abandona el legado literario de sus dioses, agoniza.

Desde que comencé a leer Quijote, muy joven (un niño). Y digo comencé porque lo he leído innumerables veces, tantas que he perdido la cuenta, fue creciendo en mí y desarrollándose el Héroe. Se fue desplegando y mostrándose. Y siempre encontré en mis diálogos con Él, única forma posible de entenderlo, un aroma profundo de tristeza y melancolía. Hipocondría de soledades. Siempre solo consigo mismo. En busca de Dulcinea. La Nueva Dulce (Aldonza: Dulce). La transformación de lo terruno y áspero, en suave y aéreo. Que profunda melancolía la del Héroe velando sus armas en la noche de estrellas. Esperando de rufianes y putas (profundo encantamiento) el reconocimiento de su nueva estirpe, cuando él se sabe emparentado con los dioses. Habrá mayor dolor que el de la falta de reconocimiento. Mayor melancolía de la Edad de Oro.

Hamlet y Quijote, no están de  acuerdo, no les gusta el mundo que les rodea. Algo muy parecido le ocurre a mucha gente en la actualidad. Son épocas de transición. De cambio. Edades denigradas como poco productivas por invidentes historiadores y filósofos que sólo se recrean en la consumación de los hechos. Las transiciones son los momentos más creativos. Son situaciones donde lo antiguo entra en conflicto con lo que aparece gestando nuevas formas, primero tambaleantes y que luego se van consolidando y adquiriendo carta de naturaleza. Los adelantados. Los que ven primero. Son considerados transgresores. En ese momento son cataclísmicos  e indigestan la panza de los que en su hartazgo no ven más allá del último apéndice de su barriga. Son momentos difíciles para los que ven más allá. Para los que vislumbran la Edad de Oro como Camino, como eterna meta siempre ansiada nunca alcanzada. Metamorfosis y movimiento. Es difícil para ese tipo humano reconocerse en lo que lo cotidiano les ofrece como tópico castizo. Viven en el ansia constante de rescatar la posibilidad que late en su universo y convertirla en circunstancia trascendente. El “daimon” que los posee los invita a salir al mundo a satisfacer esas necesidades con voluntad y atrevimiento.

Caballero Moderno. El medieval ya no medra en su interior. El camino exterior propio de los caballeros artúricos, reflejado en el hombre europeo en el Camino de Santiago, ha terminado. La aventura exterior en contacto con la naturaleza se está extinguiendo. Ahora el fenómeno tiene que ser interior. A través del enfrentamiento con uno mismo. Con sus demonios. Vencer una vez, caer otra. Lucha. Disputa. Entrega. Cancelación. Apertura. Hundimiento. Elevación. Fin. Comienzo. Derrumbamiento. Levantarse. Dolor. Angustia. Desconsuelo. Sufrimiento. . . El hombre nuevo para conseguirse debe vencerse. ¿Y qué es esa lucha sino conocimiento? ¡Conocimiento de uno mismo!

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Autor: joaquinaguado

Nacido en Granada, España. He vivido en Holanda y en Finlandia, y actualmente vivo y trabajo en Madrid, España. Mi impulso vital principal es ayudar a desarrollar una nueva forma de relación económica y social, centrada en el ser humano. Para ello, es esencial , desarrollar una nueva conciencia sostenida en la capacidad de escuchar (percibir) con toda atención. Tengo la profunda convicción de que la conversación, como decía Goethe, es la fuente de cualquier futuro creador entre los seres humanos.

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